Una serie de encuadres en blanco y negro de la ciudad de Venecia (donde curiosamente no aparecen canales ni góndolas), mostrados a lo largo de siete minutos en un montaje repetitivo, pautado por el sonido persistente de un metrónomo y toda clase de voces, música y ruido. Así aprovechó Peter Greenaway sus vacaciones en 1969 y ésta fue su carta de presentación antes de saltar a la fama y ser unánimemente reconocido como uno de los grandes renovadores del cine inglés.
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